Conocer el precio no es conocer el valor.

La vida es maravillosa, si en momentos de mi vida lo he lo dudado, hoy lo sé sin cavilar. Tal vez esas dudas se originan en la idea de la separación, de vivir desde el vacío y no desde el soporte infinito que tiene el universo para cada uno de nosotros en nuestra vida. Afortunadamente, el universo es una fuente ilimitada de oportunidades para reconectarnos y en cualquier momento comenzamos a ver las innumerables maneras que tiene la vida de sorprendernos con su despliegue de sincronía y sabiduría. La gente puede reconectarse con la vida desde incontables lugares, es sorprendente ver todas las maneras que tiene la vida para abrirse paso a nuestra alma. Por ejemplo, yo nunca imagine tener un blog sobre conciencia ambiental, pero sin pedirlo lo encontré, y ha sido una fuente de alegría saber que en la observación de procesos naturales me conecto con mi propia vida, que hay algo que se relaciona conmigo y con todos en la majestuosidad de procesos tan perfectos como la polinización de las abejas, el canto de las ballenas o la feroz batalla por la supervivencia que tiene lugar en lo salvaje.

Sé que ambientalistas de todo el mundo han sentido esta conexión, y trabajan para darle una voz al mundo natural. Ese llamado a proteger el tesoro natural lo han sentido personas como Rachel Carson, una bióloga que desafió los paradigmas de su época, primero por ser mujer y segundo por no pertenecer a la elite científica, pero que de igual forma atendió a un llamado y cambió la historia al escribir Silent Spring en 1962, considerado el primer manifiesto ambientalista de nuestro tiempo. En este libro, de tono sincero y natural, Carson registró los cambios que ella observaba en el medio ambiente, generados como consecuencia de la utilización de químicos como el DDT. Gracias a una preocupación sincera por el deterioro de lo que ella consideraba invaluable, Carson denunció y alerto sobre el daño generado por insecticidas, muchos de los cuales, años más tarde, fueron prohibidos y eliminados del mercado. Por cierto, el DDT fue un producto nacido durante la Segunda Guerra Mundial, época durante la cual los científicos sintetizaron moléculas de carbono con fines bélicos, y era común probar estas nuevas sustancias en insectos, para medir su nivel de efectividad. Y así fue como el DDT encontró un segundo uso, muy convenientemente, como fertilizante agroindustrial durante la incumplida promesa de la Revolución Verde de acabar con el hambre del mundo.

Quiero rescatar la mirada contemplativa de Rachel Carson hacia los sistemas naturales, y como ella y muchos otros ambientalistas han encontrado en sus observaciones, además de admiración, una preocupación real por un sistema natural cada vez más frágil. Algunos ambientalistas han encontrado vehículos de protección al medio ambiente como la cuantificación económica de los servicios que nos presta la naturaleza. Conservation International, The Nature Conservancy y PriceWaterhouse-Coopers, crearon una herramienta online que permite acceder a este tipo de valoraciones, al igual que el Banco Mundial y las Naciones Unidas, que bajo este mismo esquema han decretado un valor de US$200.000 millones al año por el servicio que presta la polinización animal y US$44 billones por todos los recursos naturales del planeta tierra. Cabe anotar que de esta última cifra, US$29 billones corresponden a países en desarrollo, como Colombia.

Empresas que quieran proteger el mundo natural puede tener en cuenta estos valores e incluirlos dentro de su contabilidad, de esta forma están pagando por un servicio, de la misma forma que pagarían a cualquier otro servicio dentro de su cadena de producción. A esto se le llama la contabilidad verde, una práctica que algún consideran crucial en la preservación natural.

Aunque creo en las buenas intenciones de estas iniciativas y resalto que dejan en evidencia que hemos, por mucho tiempo, tratado a la naturaleza como un servicio gratuito que genera  externalidades sin consecuencias, no puedo evitar sentir algo de reserva frente a estas maquinaciones que pretenden cuantificarlo y medirlo todo. Siento aun mas reserva cuando se trata de medir y cuantificar lo inmedible, lo incuantificable. Aun cuando estas mediciones se crean por personas que consideran que la solución al problema ambiental debe provenir de la misma lógica del mercado, es decir, soluciones realistas para un mundo competitivo, que generen incentivos al empresario y hablen su mismo idioma. Esto me recuerda la frase de Albert Einstein que dice “La solución al problema no puede ser generada utilizando la misma lógica que creo el problema.”

Me cuesta conciliar la magnificencia de la naturaleza, su abundancia y generosidad con la estrechez de los límites que rigen nuestros procesos lógicos. La mente racional domina nuestra humanidad, hemos dejado atrás el misticismo, que es más natural a nuestra naturaleza que la rigidez de la mente racional. Mencioné a Rachel Carson porque esta bióloga sin pretensiones, abrió una puerta al compartir con el mundo todo lo íntimo de su observación del entorno, su relación con la naturaleza, y fue tan sincera que impactó positivamente su generación y todas las generaciones posteriores. Cada uno de nosotros tiene el potencial de ofrecer una mirada nueva, basada en su observación de su entorno. Si simplemente observamos, encontraríamos todo el misticismo que se encierra en la relación entre el hombre y la naturaleza. Un vínculo que cambiaría la historia de la preservación natural, no para cuantificarla, sino para sentirla tan propia como nuestra propia respiración.

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